

Un correo que comienza con “Siento molestarte, pero…”, una reunión programada que se abre con una excusa o un accidente ajeno que provoca un “perdón” propio: las disculpas constantes pueden convertirse en un hábito que afecta la carrera profesional y la autoestima.
La conducta suele presentarse como cortesía. Sin embargo, cuando aparece ante hechos que no requieren una reparación, puede transmitir inseguridad, falta de convicción o una necesidad de aprobación. También desgasta a quien la adopta y a las personas de su entorno, desde colegas y superiores hasta familiares.
El problema no radica en pedir perdón cuando una persona causó un daño. La dificultad aparece cuando la expresión sustituye una respuesta más precisa o funciona como un recurso para reducir una tensión que, en rigor, no corresponde asumir.